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Madrid (sábado x la tarde)

Sábado, marzo 13th, 2004

Pásalo. Así terminaba el mensaje que recibí en torno a las tres de la tarde anunciando una concentración silenciosa por la verdad frente a la sede del PP en la calle Génova.

Así comenzaba algo que con el paso de las horas iba difundiendose minuto a minuto. Por
cada mensaje que la gente recibía, se enviaban diez, quince, veinte mensajes más. Hubo gente que recibió hasta diez mensajes de grupos de gente diferente: familia, trabajo, lugar de estudios, gente del colegio, del barrio, y esos mensajes se multiplicaron hasta el infinito, propagandose como las llamas de un incendio por efecto del viento.

A las seis de la tarde un despliegue policial protegía la sede del partido y sus efectivos pedían la documentación a todo manifestante que llegaba. Media hora después, sin embargo, la concurrencia de tantos madrileños sobrepasó la capacidad policial y
una hora más tarde la calle Génova era un hervidero de gente gritando de rabia y pidiendo explicaciones al gobierno de la nación.

Había gente que lloraba, otros expresaban su indignación… a gritos, mentirosos, asesinos, te dijimos no a la guerra; vuestra guerra, nuestros muertos; no estamos todos, faltan doscientos; mentirosos, vosotros teneis chófer, nosotros cercanías; lo sabe todo el mundo menos nosotros; los muertos no se utilizan, basta de manipulación, y queremos salir en La Primera.

La prensa que se encontraba tras el cordón policial era mayoritariamente extranjera, y había un gran despliegue de antenas parabólicas de cadenas televisivas europeas. De las calles adyacentes y bocas del metro salía cada vez más gente de todas las
edades y razas que se unían a la concentración, que de silenciosa
al final no tuvo casi nada porque se nos hacía difícil permanecer
callados cuando se pretendía celebrar un minuto de silencio.
Siempre alguien lo rompía con algún grito: mentirosos, asesinos.
Las lágrimas y la indignación se propagaban de igual modo que la
información. La gente estaba pegada a sus transistores y los
móviles sonaban sin parar para transmitir información a la gente,
que a su vez propagaba las noticias, que corrían de boca en
boca.Cuando Rajoy declaró a los medios que la concentración era
ilegal e ilegítima, y acusó a sectores del PSOE de haberla
organizado, la multitud rugió y contestó: !nos han convocado los
asesinados!, y !la voz del pueblo no es ilegal!. Cómo ibamos a ser
ilegales, cuando el gobierno seguía mintiendo, ocultando
información y violando los derechos más elementales del pueblo: el
derecho a la libertad de expresión y al derecho a la información.
En TVE 1, “Cine de Barrio…”

En Génova pasaban las horas y los ánimos se iban encendiendo cada
vez más. Seguía llegando gente, y no se veían banderas de partidos
políticos ni sindicatos. Sólo pancartas improvisadas con cartones y
bolígrafos. Tampoco la gente cantaba; todo eran gritos de dolor e
indignación. El jefe antidisturbios confesaba a un reportero de la
SER que no podían disolver la concentración por la fuerza porque
eramos ya más de 5 mil personas y no era cuestión de cargar contra
la muchedumbre donde había ancianos y niños. Cada vez que algún
miembro de la sede se asomaba a la ventana la gente rugía y pedía
la verdad, y mientras, seguían  llegando noticias de
concentraciones espontáneas en todas las ciudades de España. Las
nueve de la noche y nadie se movía de allí, pese al frío.  Nos
llegó una nota que circulaba en manos de todo el mundo: A las doce
en sol. Pásalo.

De pronto otra noticia que se propaga entre la gente: dos hindúes y
tres marroquíes detenidos por su relación con los supuestos
asesinos en Lavapiés. Los servicios de inteligencia por un lado y
el gobierno por otro. Españoles en el extranjero, amigos de todos
los puntos del planeta seguían mandando noticias de las principales
cadenas televisivas del mundo: Bush lamenta que el apoyo de España
a su guerra contra Irak haya tenido estas consecuencias para
Madrid. En cambio, el gobierno no lo lamenta, sino que oculta toda
la información y llama a la calma, e insiste en que en la jornada
de reflexión el pueblo no puede salir a la calle para expresarse.
Rugimos más aún: no nos vamos, sal al balcón, da la cara, PP
responsable, PP culpable, vuestra guerra, nuestros muertos,
vosotros teneis chófer, nosotros Cercanías, vosotros, fascistas,
sois los terroristas. Diez de la noche y la gente sale hacia Sol
tomando las calles sin permiso.

Yo me voy a Lavapiés para cenar un poco y ponerme algo de abrigo
porque ya no siento las manos del frío. La plaza está vacía, y al
llegar a la calle Cabeza nos encontramos con una chica joven que,
en la puerta de su casa, aporrea una cacerola con la cabeza alta y
el semblante grave. Tímidamente salen a los balcones vecinos que
salen a aporrear las cacerolas. Primero es un suave tintineo,
después comienzan a abrirse los balcones de todas las calles y
comienza un zumbido ensordecedor que se expande por todo el barrio.
Bajamos a la plaza, que comienza a llenarse de gente que aporrea
sus cacerolas, sartenes e instrumentos con fuerza. Aparece una
cámara de televisión alemana, mientras la plaza y las calles están
llenas de gente protestando sin palabras, y en un momento precioso
hasta parece que seguimos todos el mismo ritmo. Un ritmo fúnebre y
contundente, seco, duro, lleno de rabia y solemnidad. Y marchamos
todos hacia Sol, donde ni siquiera podemos entrar porque Madrid
está en la calle. Siguen volando las noticias, siguen
multiplicándose los mensajes de solidaridad con las protestas de
otras ciudades, siguen propagándose las noticias. La policía ha
cargado contra la gente en Zaragoza y en Barcelona. Están
estudiando suspender las elecciones, ha aparecido en manos del PP,
de repente, un vídeo en el que Al Quaeda reivindica el atentado, y
la gente comenta asombrada e indignada que no salimos en los
medios. En la SER comentan que pese a la toma de las calles por
parte de la ciudadanía, no van a seguir retransmitiendo para
mantener la calma y no calentar los ánimos. La censura del siglo
XXI. Las cámaras, los micrófonos, y las luces desaparecen; solo
quedan los reporteros alemanes que trabajan a destajo, y nosotros
gritando, y todas las calles que desembocan en Sol colapsadas. No
hay banderas, no hay partidos, no hay magnetófonos, no hay
organizadores, no hay órdenes. La multitud avanza espontáneamente
hacia Atocha y la policía se retira discretamente. La calle  es
nuestra y caminamos por donde queremos, cortando el tráfico. Nadie
rompe cristales, nadie destroza el mobiliario urbano, Madrid avanza
cívicamente y Ansuátegui ordena invisibilidad. La policía apaga las
sirenas, y las lecheras apenas son percibidas.

¡Veniros con nosotros!, grita alguno a los uniformados, que no se
atreven ni a mirarnos a los ojos. La rabia está en el grito, en las
palabras. La gente exige que el gobierno informe, que los medios
informen, la gente exige que el gobierno asuma su  responsabilidad,
y que deje de mentir a un país entero, que a través de internet y
los teléfonos móviles va conectandose con el mundo entero. Los
medios nacionales ningunean la protesta y dejan claro de qué lado
están. La gente alza sus móviles para que los que escuchan al otro
lado perciban el ambiente que hay en Madrid. Más de un millón de
personas bajan hacia Atocha por la calle del Prado y por la calle
Atocha. Y circula otro papel: a las dos en punto cinco minutos de
silencio. Pásalo.

Todos al suelo. Silencio sepulcral. No hay cámaras. Miles de velas
encendidas, y se rompe el silencio con el grito lleno de orgullo:
viva Madrid, y todos gritamos, viva, viva Madrid. Aznar escucha, el
pueblo está en lucha, y las riadas humanas avanzan hacia el
Congreso. En la radio solo se oye música y resúmenes del partido
del Real Madrid. Las voces ya cascadas por el paso de las horas,
los pies doloridos, y no hay miedo, no hay policía, solo el
helicoptero rugiendo encdima de nuestras cabezas, y una sensación
de euforia al ver que somos tantos, que somos incontables.
¡¡¡También estuvimos en la manifestación de ayer!!!, decídan
algunos cartones a modo de pancarta. Frente al congreso, las
lecheras protegiendo el recinto sagrado donde unos cuantos toman
las decisiones sin preguntar. La gente vuelve a gritar, dijimos no
a la guerra, dijimos no a la guerra, vuestra guerra, nuestros
muertos, un pozo de petróleo por un pozo de sangre, em”bush”teros,
tve= nodo, urdaci es un nazi, queremos la verdad.

Pasamos el congreso, llegamos a la Gran Vía, seguimos por
Hortaleza. La gente sale de los bares, los pubs y las discotecas.
Unos se unen, otros provocan preguntando qué pasa y por qué tomamos
las calles, y Madrid avanza imparable bajo la atenta mirada del
helicóptero. Los porteros de las discotecas desde las que sale
música evasiva y alegre nos miran alucinados, tratando de proteger
los imperios del alcohol y la música entretenida. Llegamos a la
sede del PP de nuevo, y la gente, pese al cansancio, sigue
aullando. Cuatro, cinco de la mañana, y la gente grita hoy
protestamos, mañana os cesamos, a la hora de votar se tiene que
notar, asesinos, mentirosos.

Agotada regreso a casa. En Sol hay cientos de velas encendidas, y
decenas de ramos de flores y carteles, cartas, gritos de papel
donde la gente demuestra su solidaridad y su cariño. La gente se
arodilla, enciende más velas, y todo está en silencio. Siguen las
pancartas colgando de todos los rincones de la Puerta del Sol; los
servicios de limpieza esta vez respetan el dolor de una ciudad
entera que llora a sus muertos. Banderas de todas partes del mundo,
y escritos en árabe, no al terrorismo, PP responde,  mensajes de
las familias de los fallecidos, basta de horror, queremos la
verdad, televisión manipulación, y cuatro mendigos apoyados contra
la pared, rodeados de velas, en silencio. El pueblo llora, el
gobierno miente. Lucía no te olvidaremos nunca. Papá te quiero.
Esta no es nuestra guerra. Agotada, no puedo ni moverme de allí.
Porque si la gente expresaba la rabia ante la mentira en la calle
Génova, allí se concentra el dolor, el  silencio, velas encendidas
y flores congeladas del frío que hace.

Esto es lo que sucedió en Madrid la víspera de las elecciones. Y si
en los medios no se quiso recoger esta toma de las calles por parte
del pueblo madrileño, por lo menos que se difunda por la Red lo que
pretende ser acallado y ocultado. Porque algo ha  cambiado desde
anoche: ya no tenemos miedo. Ni en Madrid, ni en el resto de las
ciudades, ni los pueblos.Y no necesitamos partidos políticos que
organicen manifestaciones: ya sabemos que internet y los móviles
cuentan lo que no cuentan los medios  oficiales, y ya sabemos que
tenemos una herramienta de comunicación, la del boca a boca, para
expresarnos. Se nos han negado los derechos fundamentales que
reconoce nuestra Constitución, y el pueblo ha pagado caro la
incursión de su gobierno en una guerra por petróleo. Un pueblo que
nunca ha tenido problemas con el mundo árabe, un pueblo que se
indigna ante la mentira y los insultos del candidato a la
presidencia de España. Madrid demostró que está llena de gente de
todas las nacionalidades, edades y condiciones sociales que son
sensibles, y fue anoche la verdadera democracia, la de la soberanía
del pueblo, en la que la gente se expresaba libremente.Pásalo!

Koral Herrera


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